Região Hispânica
17 de fevereiro de 2022 Las comunidades de Níger se adaptan al desplazamiento y al cambio climático
En una región afectada por el aumento del desplazamiento y las temperaturas, una ciudad al norte de Níger está aprovechando la cooperación de las comunidades locales y desplazadas para encontrar soluciones.

La refugiada maliense Salama Issoufou cosecha verduras en su parcela de riego. © ACNUR/Colin Delfosse


POR OMAR HAMA SALEY
LINDA MURIUKI


En las polvorientas llanuras de las afueras de Ouallam, una ciudad situada a unos 100 kilómetros al norte de Niamey, la capital de Níger, brotan de la tierra hileras verdes de hortalizas en ordenadas parcelas. Para contrastar aún más con el árido entorno, mujeres vestidas con mantos brillantes caminan entre las filas, revisando las tuberías de riego y añadiendo un poco de agua a cualquier especie de aspecto sediento.


Las casi 450 mujeres que trabajan esta tierra proceden de tres comunidades distintas: algunas son locales, otras fueron desplazadas por el conflicto y la inseguridad en otros lugares de Níger, y el resto son refugiadas de la vecina Malí.


La diversidad del pueblo refleja la enorme magnitud de la crisis de personas desplazadas a la que se enfrenta actualmente Níger. En la frágil región del Sahel de la que forma parte, la inestabilidad política y los frecuentes ataques de grupos armados han empujado a 250.000 personas refugiadas, la mayoría de ellos procedentes de Malí y Nigeria, a buscar seguridad en Níger. La violencia dentro de sus propias fronteras ha forzado a otras 264.000 personas desplazadas internas a abandonar sus hogares.


“Lo hicimos... todos juntos con las diferentes comunidades: los refugiados, los desplazados y la comunidad local de Ouallam. Estamos muy contentos de trabajar juntos”, aseguró Rabi Saley, de 35 años, quien se instaló en la zona tras huir de los ataques armados en su ciudad natal, Menaka, 100 kilómetros más al norte, al otro lado de la frontera con Malí.


Los productos que cultiva – patatas, cebollas, coles, pimientos y sandías – le sirven para alimentar a sus siete hijos y para obtener ingresos vendiendo los excedentes en el mercado local. Desde su creación, el proyecto de huertos también ha contribuido a suavizar la llegada de miles de personas refugiadas y desplazadas internas a la ciudad.


“Cuando nos enteramos de que iban a instalarse aquí, sentimos miedo e infelicidad”, recuerdó Katima Adamou, una mujer de 48 años de Ouallam que tiene su propia parcela cerca. “Pensábamos que nos iban a hacer la vida imposible, pero en cambio ha sido todo lo contrario”.


Una ventaja añadida del proyecto es su papel en la lucha contra otra gran crisis que afecta a Níger y sus vecinos. El cambio climático está elevando las temperaturas en el Sahel a una velocidad 1,5 veces superior a la media mundial, y los 4,4 millones de personas desplazadas por la fuerza en toda la región están entre las más expuestas a los efectos devastadores de la sequía, las inundaciones y la disminución de los recursos.


Las mujeres extraen agua de un pozo antes de regar sus plantas. © ACNUR/Colin Delfosse


En el huerto de Ouallam – una iniciativa lanzada en abril de 2020 por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados – las mujeres han aprendido a nutrir sus plantas utilizando el riego por goteo para minimizar la evaporación y preservar los escasos recursos de agua.


Al cultivar una gran franja de tierra anteriormente degradada cerca de la ciudad y plantar árboles, también están ayudando a frenar la desertificación que amenaza a grandes partes del país.


Durante una visita de tres días a Níger, junto con el Director General de la OIM, António Vitorino, el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, fue a Ouallam, y se reunió con Saley y otros participantes en el proyecto. Elogió el espíritu de solidaridad mostrado, y la generosidad del pueblo y el Gobierno de Nigeria en su labor de acogida.


“Hoy hemos visto de primera mano este espíritu de acogida, tolerancia y convivencia”, señaló Grandi después. “En una zona que tiene población local, por supuesto, pero que también acoge a personas nigerianas desplazadas y a muchas personas refugiadas malienses, [estos] proyectos tienen como objetivo apoyar la convivencia de todas estas poblaciones mientras esperan soluciones para que estas personas puedan volver a casa”.


“El cambio climático – la emergencia climática – [también contribuye a] los desplazamientos, y vemos muchos en la región del Sahel”, continuó el Alto Comisionado. “Pero igualmente, los movimientos de población también pueden tener un impacto en la naturaleza, en particular la tala de árboles para leña... o la explotación de los recursos de agua que son [ya] muy limitados”.


Instó a los donantes a apoyar los esfuerzos de ACNUR para promover fuentes de energía alternativas y otras soluciones respetuosas con el clima en situaciones de desplazamiento.


En otra parte de Ouallam, un nuevo impulso a la integración de la comunidad y a la protección del medio ambiente proviene de una fuente menos probable. La ladrillera de la ciudad emplea a 200 mujeres y hombres – refugiados, desplazados internos y locales – en la fabricación de bloques de tierra comprimida.


Fabricados combinando tierra con pequeñas cantidades de arena, cemento y agua antes de compactarlos y secarlos al sol, los ladrillos entrelazados reducen la necesidad de utilizar mortero de cemento durante la construcción. Y lo que es más importante, también eliminan la necesidad de quemar grandes cantidades de la escasa madera u otro combustible utilizado en la cocción de los ladrillos de arcilla tradicionales.


“Después, estos bloques se utilizan para construir casas para las personas apoyadas por ACNUR: personas refugiadas y desplazadas internas, así como una parte de la vulnerable comunidad de acogida”, explicó Elvis Benge, Oficial de Alojamiento de ACNUR en Níger.


“En última instancia, las personas refugiadas y las... poblaciones que les acogen son los motores del cambio, y pueden apoyarse a sí mismas y garantizar la resiliencia de sus comunidades”, añadió Benge.


De vuelta al huerto, tras haber trabajado con sus nuevos vecinos para hacer frente al reto de la vida diaria, así como a las crisis que definen la época y que están fuera de su control, Saley se encuentra rodeada de los frutos de su trabajo y reflexiona sobre una labor bien hecha.


“Nos hemos convertido en una sola comunidad, ¡incluso me casé aquí!”, comentó. “La mujer florece, como las plantas”.



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